En España vivimos la Hispanidad en las palabras que heredamos de nuestros abuelos, en las canciones que cruzaron el Atlántico, en los apellidos que cuentan historias familiares y en una lengua capaz de reunir a cientos de millones de personas bajo una misma herencia cultural. Por eso cada 12 de octubre celebramos esa huella con orgullo, recordamos el peso de nuestra historia y reivindicamos los vínculos que perduran a ambos lados del océano. La bandera, el himno y el desfile militar representan a una nación que tiene motivos para sentirse orgullosa de sus raíces, de sus tradiciones y de todo aquello que ha transmitido a generaciones enteras. Esa celebración pertenece a los españoles y nadie tiene derecho a convertirla en patrimonio exclusivo de un partido.

Precisamente por el valor de esa identidad, la Fiesta Nacional también invita a examinar el estado del país y la conducta de quienes ocupan el poder. España puede celebrar su historia con la cabeza en alto mientras exige cuentas a su Gobierno. Una cosa no impide la otra. La lealtad a una nación no implica cerrar los ojos ante los problemas de sus ciudadanos ni concede a ningún presidente una autorización permanente para gobernar sin un examen riguroso de sus resultados.

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Así se demostró con Pedro Sánchez, que tuvo una prueba de ese malestar durante el desfile, cuando parte del público respondió a su presencia con abucheos, mientras los Reyes recibieron aplausos y expresiones de afecto. Una multitud no representa por sí sola a todo el electorado, pero tampoco conviene tratar el descontento ciudadano como un asunto sin importancia cuando el presidente se prepara para pedir una nueva oportunidad en las urnas.

El problema de Sánchez exige algo más que una discusión sobre su popularidad. La vivienda se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los españoles, y la derrota parlamentaria de sus medidas en esta materia precedió al anuncio de elecciones anticipadas para el 29 de noviembre. Las encuestas tampoco aconsejan al PSOE que ignore el desgaste de la izquierda. Un sondeo situó al PP en el 31,9 % de intención de voto y al PSOE en el 28,1%, y aunque se trata de una imagen electoral y no de un resultado definitivo, estos números reflejan la magnitud de la presión que afronta el partido del izquierdista cobarde que ha traicionado a nuestra nación. Y tal parece que la historia nos obliga a coincidir, porque en varios países latinoamericanos, los ciudadanos desean regresar a opciones de derecha después de experiencias marcadas por inflación, inseguridad, gasto sin control y promesas incumplidas. Los votantes reclaman orden, crecimiento, autoridad y cuentas claras. Esa corriente también alcanza a España, donde una parte creciente de la sociedad exige límites al poder y una administración menos preocupada por la propaganda.

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Sánchez deberá explicar por qué los españoles tendrían que renovar su confianza en su Gobierno. La defensa de las políticas sociales, las promesas de progreso y las advertencias sobre la oposición no bastan por sí solas para justificar la continuidad de un mandato. Los electores merecen respuestas sobre vivienda, economía, estabilidad política y cumplimiento de compromisos. Mientras, la oposición tendrá que demostrar que dispone de propuestas viables para atender esas demandas.

El 12 de octubre pertenece a los españoles que reconocen el valor de su historia y mantiene vivos sus vínculos con el mundo hispano. Y el 29 de noviembre nos corresponderá decidir qué Gobierno debe dirigir el futuro inmediato. El orgullo nacional se expresa al celebrar lo que une a un país, pero también al defender el derecho de sus ciudadanos a exigir cuentas a quienes los gobiernan.

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